sábado, 22 de septiembre de 2007

Banderas

Diario de Navarra 2007/09/22

“Durante décadas el nacionalismo vasco ha exigido que la ikurriña ondease en los ayuntamientos de nuestra comunidad con el argumento de que una importante minoría de la sociedad navarra la sentía como propia. Resulta curioso que ese mismo argumento no haya servido hasta ahora en el País Vasco para que la bandera de España estuviera presente en los edificios del gobierno autónomo y los consistorios nacionalistas”
Iñaki Iriarte

Banderas

EN los últimos tiempos las banderas parecen haberse puesto de moda. Gobierno y oposición han discutido sobre la conveniencia de que se cumpla de Ley de Símbolos; el Ejecutivo vasco ha seguido haciendo caso omiso de la sentencia que le obliga a hacer ondear la bandera del Estado y la pasada semana, en Pamplona, los concejales de ANV optaron por ocultarla detrás de una cortina. Antes de ayer intentaron repetir la hazaña, pero la malvada alcaldesa había ordenado que la fijaran al suelo.

¡Cómo rabiaron los pobres! Así a primera vista, uno piensa que a estas alturas todo el mundo debería ser consciente de que las banderas no pasan de ser trapos de colores. Telas más o menos antiguas y vistosas por cuya razón se ha matado y muerto en exceso. Meros símbolos. Y que aquello que representan -un país, una región, una ciudad- seguirá existiendo por mucho que alguien se ensañe con su bandera. Imaginemos, por poner el caso, que en algún rincón del mundo una panda de barbudos no encuentra mejor manera de pasar esta tarde que prendiéndole fuego a una tela con las barras y estrellas. ¿Perjudicaría eso de una manera tangible a los ciudadanos norteamericanos? ¿Bajarían, acaso, sus salarios, empeoraría su nivel de vida? Parece que no. En consecuencia, ¿deberían reaccionar de alguna forma? ¿No será la indiferencia la mejor manera de responder a tales patochadas? En el fondo, emprenderla contra una bandera tiene mucho de rabieta infantil y denota tanta impotencia como cobardía: uno sabe de antemano que la pobre no va a defenderse. Y así cualquiera.

Sin embargo, aunque todo esto puedo ser rigurosamente cierto, a la vez, hay ocasiones en que inquietarse cuando tu enseña es atacada resulta no sólo racional, sino también necesario. Por ejemplo, cuando el ultraje no tiene lugar a miles de kilómetros de distancia, sino en tu propia tierra. Y muy especialmente cuando, como consecuencia de la ofensa, la expresión de aquello que la bandera simboliza pasa a considerarse un tabú e, incluso, una provocación. En ese caso, el asunto se reduce a algo tan sencillo como esto: uno empieza aceptando ocultar sus símbolos, para ahorrarse polémicas y broncas, y en poco tiempo termina consintiendo en ocultarse él mismo. Traducido a nuestro contexto: uno empieza aceptando que el «trapo» que representa a los españoles se torne una imagen inusual en las calles de San Sebastián, Bilbao o -ay- Bera y, a corto plazo, confesarse públicamente como español pasa a ser visto como una horterada pasada de moda y un deporte de riesgo. Llegados a ese punto, hay que optar por camuflarse bajo una etiqueta que no ofenda el gusto de nadie -gallego, asturiano, etc.- o simplemente guardar silencio cuando te interrogan por tu nacionalidad.

Durante décadas el nacionalismo vasco ha exigido que la ikurriña ondease en los ayuntamientos de nuestra comunidad con el argumento de que una importante minoría de la sociedad navarra la sentía como propia. Resulta curioso que ese mismo argumento no haya servido hasta ahora en el País Vasco para que la bandera de España estuviera presente en los edificios del gobierno autónomo y los consistorios nacionalistas. Y eso que el porcentaje de ciudadanos que allí se declaran españoles es mucho mayor que el de quienes aquí se identifican con la bandera de Arana.

Esta actitud, junto al gesto de Batasuna en el Ayuntamiento de Pamplona, muestra con claridad la pretensión por parte del nacionalismo vasco de esconder detrás de una cortina o encerrar directamente en un armario a esa parte de sus vecinos que persiste en confesarse española. Sin nostalgias imperiales, ni desmedidos orgullos raciales, pero española. Se busca abochornarla por ser lo que es, hasta el punto de que sólo pueda expresar su nacionalidad en la intimidad y no sin cierto sonrojo.

Pero lo más terrible de todo esto es que muchos no nacionalistas lleven décadas aceptando esconder un símbolo que no pasa de ser, como decía al principio, sino un trapo de colores, pero que aun y todo les representa.

No hay comentarios: