martes, 5 de junio de 2007

Lo que nos jugamos

¡Basta Ya! 2007/06/05

"Lo peor es que los nacionalistas están grabando un principio antidemocrático en el frontispicio de la política navarra. Según este principio, no somos miembros de una comunidad real de ciudadanos, sino más bien naturales de una etnia o nación imaginaria; y tal nación y sus presuntos derechos, por la propia lógica del nacionalismo, están por encima de los individuos y sus derechos. No seríamos ciudadanos en virtud de nuestra conciencia y voluntad libres, sino porque la tierra, la historia o los ancestros así lo han querido."
AURELIO ARTETA

Lo que nos jugamos
Hay entre nosotros quienes, ya sea por disimulo o por ignorancia, no parecen enterarse de algo evidente. Eso evidente es que el nacionalismo vasco representa hace tiempo el primer y más grave problema político que tiene Navarra. Tan distinto, tan anterior y tan superior a cualesquiera otros problemas públicos, por cierto, que condiciona el modo de plantear y resolver todos los demás.

¿Por qué? Muy sencillo: porque ese nacionalismo -y sólo él- cuestiona lo más previo: qué somos los navarros desde el punto de vista civil. Es decir, si continuamos formando una unidad política dentro de España o más bien debemos formar parte de otra llamada Euskalherría, cuyo régimen nacionalista lleva décadas propugnando separarse de España. Lo que disputa es la delimitación del nosotros navarro como comunidad civil, el demos o pueblo mismo de la democracia en Navarra (y, de rebote, el de España). Lastrada así su agenda política, nuestros gobiernos locales han sido durante décadas gobiernos bajo amenaza.

¿Se comprende entonces que el nacionalismo no impulsa una política de izquierda ni de derecha, sino anterior a esa división? Es que todo su empeño se agota en trazar las fronteras de su presunta etnia o nación y en promover su soberanía. ¿Se comprende también que sea una ideología reaccionaria? Es que regresa a tiempos y concepciones en que las diferencias de los sujetos prevalecían sobre su igualdad política. ¿Se comprende en fin que el nacionalista no es un partido como otro cualquiera? Mientras los restantes partidos admiten nuestra común ciudadanía, los nacionalistas arrancan justamente de su cuestionamiento y pretenden ser -y, en este caso, que otros seamos- ciudadanos de su propio Estado.

Los demás problemas políticos (vivienda, sanidad o atención a los ancianos) son cosa de un más o un menos: se encaran de un modo más progresista o más conservador, con mayor o menor cuidado e inversión pública en acometerlos. En cambio, incorporarnos a otra comunidad política es una cuestión de todo o nada: aquí no valen posiciones intermedias, por mucho que nos propongan primero tan sólo un órgano común permanente, después la progresiva oficialización del euskera, etc. Los nacionalistas no quieren una Navarra “un poco” o “un mucho” incorporada a Euskadi, sino incorporada del todo para componer al fin su mítica Euskalherria. Su supuesta “lengua propia”, por ejemplo, debe ser la del entero territorio foral, no sólo de allí donde se habla.

Tan crucial resulta esa pretensión, y tan inalcanzable a través del voto mayoritario, que durante 30 años los más desalmados de sus defensores han matado, agredido y amenazado a una parte importante de la población por esa causa. Todavía son bastantes los que desean (o justifican) matar, agredir y amenazar para que Navarra se incorpore a Euskadi y secunde la eventual voluntad de secesión de Euskalherria. Ya sólo eso le da a este conflicto un carácter dramático del que carecen los demás, que sería tramposo disimular, cuyas víctimas sería indecente olvidar. De ahí también que suscite pasiones encontradas, amén de silencios cómplices y cobardías equidistantes, que los otros conflictos públicos no pueden suscitar. Y es que este desafío nacionalista afecta a nuestras convicciones morales, a nuestros primeros derechos políticos y, cuando hay sangre de por medio, a nuestro temor a morir.

Por si fuera ello poco, aquí no sólo peligra el ser o no ser de Navarra, que tampoco es asunto de poca monta. Lo peor es que los nacionalistas están grabando un principio antidemocrático en el frontispicio de la política navarra. Según este principio, no somos miembros de una comunidad real de ciudadanos, sino más bien naturales de una etnia o nación imaginaria; y tal nación y sus presuntos derechos, por la propia lógica del nacionalismo, están por encima de los individuos y sus derechos. No seríamos ciudadanos en virtud de nuestra conciencia y voluntad libres, sino porque la tierra. la historia o los ancestros así lo han querido. De modo que “pertenecemos” a una comunidad de sangre, de cultura o de tradición que marca como nuestro destino político el de convertirnos en ciudadanos vascos... Pues en esto consiste el pluralismo que pregonan: el nacionalista exige que se reconozca “su” diferencia, pero necesita acabar con las diferencias de los otros; exige el pluralismo hacia fuera, pero lo persigue hacia dentro.

La autonomía política, la paz social, la salud moral de nuestra comunidad..., esto nos jugamos en el desafío. Para hacerle frente, hoy más que nunca el gobierno de Navarra requiere la unión de los constitucionalistas, desde UPN hasta IU incluida. Al lado de esa necesidad común, poco importa lo que se jueguen los partidos, sus recelos mutuos o los cargos a que aspiran. Una coalición frente al nacionalismo, ése sí que será un cambio a mejor y un verdadero progreso: los que reclaman a un tiempo las tres cuartas partes de los electores y la justicia política.

1 comentario:

Unknown dijo...

Enhorabuena a los que haceis posible esta página. Yo no soy de Navarra, soy de Málaga. Pero vuestros artículos me parecen muy interesantes.

Veo que no hay muchos comentarios, y seguramente tampoco habrá la cantidad de visitas que se esperan.

Sólo escribo para deciros ánimo, y que sigáis poniendo un poco de cordura como estáis haciendo. Que hace falta.

Animo también a los navarros a que opinen y comenten los post que se ponen. Ya sea a favor o en contra. Que se inicie el diálogo.

Un saludo.